<p><strong>La jugadora de Las Leonas pasó por el programa de Pedro Rosemblat en Gelatina.</strong> Contó cómo vivió la Final del Mundo, el sacrificio de su familia en la tribuna y, sobre todo, la realidad económica de las jugadoras del seleccionado. <strong>"Si hubiese hablado habiendo perdido, me hubiesen dicho que era una excusa. Ahora gané", dijo.</strong></p>
Vicky Granatto llegó al estudio de Gelatina con la medalla dorada colgada del cuello y una confesión inesperada: todavía no había llorado. "Está todo raro, pero feliz", arrancó, y explicó que tiene planeado, en unos diez días, dedicarse 24 horas a estar sola, mirar todo lo que pasó y dejar que le baje la ficha. Mientras tanto, se conforma con repetirlo: el sábado, después de la definición por penales australianos, abrazaba a cada compañera diciéndole "somos campeonas del mundo", hasta que su hermana le pidió que dejara de recordárselo.
La conquista fue en la casa del rival, la mayor potencia de la historia del hockey, y llegó con un formato de torneo poco amable para Argentina. Las Leonas jugaron todo el Mundial en Bélgica y, al ganar todo lo que tenían que ganar, se mudaron a Ámsterdam recién el día anterior a la final. Lo que en el mapa eran tres horas de auto se convirtió en cinco arriba de un micro. No probaron la cancha, no sabían que el área "picaba" (los Leones les avisaron después) y ni siquiera habían estudiado demasiado a la arquera holandesa en los shootouts. "Había un convencimiento tan grande que nadie problematizó nada", resumió.
El penal que trabajó en terapia
El momento que quedó grabado en todas las pantallas fue el suyo: primer shootout de la serie, gol y un grito desmedido. Granatto contó que, terminada la comida previa a la final, se cruzó en la escalera con el entrenador Fernando Ferrara, quien le anunció con naturalidad que si había penales iba a tirar ella. No la sorprendió. En 2022 le habían ofrecido patear en el Mundial anterior y había dicho que no. Desde entonces entrenó el tiro y, sobre todo, entrenó la cabeza. El día previo lo habló con su psicólogo y llegó a una conclusión: lo que le daba seguridad era ir primera, para no ver qué hacía la arquera y no entrar en el nerviosismo. Se lo pidió a sus compañeras y nadie tuvo problema.
"Grité el penal que no tiré en 2022. Grité estos cuatro años", explicó. En ese lapso estuvo dos temporadas fuera de la selección, después de renunciar tras los Juegos de París. Su carrera, admite, no es la de Messi ni la de su hermana, "carreras perfectas, sin tropiezos". La suya, dice, "es un quilombo": la facultad, la militancia universitaria, las ganas de viajar, un año sin jugar en 2014. Y aun así, campeona del mundo.
Siete minutos y una hermana
Cuando faltaban siete minutos y Argentina perdía, Granatto asegura que nunca sintió que se les escapaba. El empate lo marcó su hermana, y ahí la entrevista se le volvió cuesta arriba: "Ahora me estás haciendo emocionar". Habló de una historia familiar que empezó en 2000, en un club de barrio de Ranelagh, con sus padres despertándola a las cinco de la mañana para ver a las Leonas de Sydney. Y habló de la tribuna de Ámsterdam: su madre, directora de escuela, trabajó hasta 14 horas por día para pagarse el pasaje. Su padre durmió un par de noches en el auto. "Somos unas privilegiadas por tener a la familia ahí, sabiendo lo difícil que es que estén", dijo, y describió a ese círculo íntimo como "el equipo dentro del equipo", el que banca la derrota cuando el ciclo termina en un cuarto o un séptimo puesto.
El contexto le daba a la final un sabor extra: en diciembre, en Santiago del Estero, Países Bajos les había ganado 4 a 0 por la Pro League y, según recuerda, "no vimos la pelota". El sábado, en cambio, salieron tocando "como si fuésemos las mejores del mundo".
El CENARD vacío
El eje más incómodo de la charla llegó cuando Rosemblat le preguntó cómo vive económicamente una Leona. "Arreglándoselas", contestó. Y bajó a lo concreto: muchas jugadoras almuerzan en el CENARD porque la beca del ENARD no alcanza para pagar dos comidas diarias. Este año, además, hubo pagos irregulares: "Era 20 y pico del mes y no habíamos cobrado". Unas semanas antes de viajar, un empleado del comedor con 25 años en el predio le dijo que el lugar estaba vacío desde hacía mucho. "Son deportistas que dejaron de entrenarse porque tuvieron que salir a laburar", interpretó.
Granatto sabe el costo de decirlo. Ya lo hizo en una entrevista anterior y las redes respondieron con insultos. Lo asume como parte del legado: "No solamente defiendo a Argentina dentro de la cancha, también siento una responsabilidad por fuera". Y remató con una frase que sintetiza su posición: si hubiera hablado tras una derrota le habrían dicho que era una excusa; ahora, campeona, puede decir que lo hace "por amor a la camiseta y por nada más".
Licenciada en Educación Física y estudiante de políticas públicas deportivas, insistió varias veces en no romantizar la épica. Le molesta que los títulos de los diarios hablen siempre de "la heroica de Las Leonas" cuando el título debería ser consecuencia de planificar procesos y sostener trayectorias. Tampoco le cierra que el hockey deba seguir siendo amateur: propone dar la discusión, como hizo el rugby en su momento, y recuerda que la mitad del plantel viene del interior a jugar a Buenos Aires sin poder recibir nada a cambio. "No estoy diciendo cómo tiene que ser, pero hay que ponerlo sobre la mesa", planteó. Su convicción de fondo es simple: el deporte tiene que ser un derecho, y hoy en Argentina no lo es.
Lo que viene
La semana próxima se va a jugar a Bélgica, al mejor club de ese país, junto a su hermana, con la libertad que el cuerpo técnico da en el año posterior a un torneo grande. Vuelve en diciembre para la Pro League. Sobre Los Ángeles 2028 no promete nada: siempre tomó decisiones después de los torneos importantes y siempre volvió, pero esta vez sabe que si deja, ya no hay retorno.
Antes de despedirse, contó que la medalla ya se le cayó una vez (la encontró en el piso y avisó a las chicas que a alguien se le había perdido, hasta que se dio cuenta de que era la suya). Y respondió a la pregunta final sobre qué significa ser Leona: "Es lo más importante de mi vida, sin dudas. Una historia compartida que nos trasciende como generación". Una vez Leona, siempre Leona. Y, agregó, una vez campeona del mundo, siempre campeona del mundo.





